sábado, 16 de julio de 2011


 

Cuando entristezco visto falda. Cuan más tristeza albergo, más acorto esta. Hoy, mi falda la conforma un finísimo hilo de algodón que apenas se sostiene en mis caderas. Nada dejo a la imaginación. Tristeza exhibicionista.


 
[Fotografiando: London & una futura cineasta exitosa]






jueves, 14 de julio de 2011

Valerie

    
        Valerie… em, qué puedo decir. Bueno, puede que extrañe tu sedoso pelo pelirrojo, tu blanquecina piel, tu sexo desenfrenado… y creo que eso es todo, a decir verdad. Desde luego no extraño tus entalladísimos vestidos floreados, nunca dejaban nada a la imaginación, ni tu manera altiva de mirar, y ni mucho menos tus aires endiosados. Además, siempre tuviste la lengua muy larga, la falda muy corta, el culo muy flaco y los pechos muy gordos.
Siempre decías que íbamos a medias pero nunca pagas las cuentas. Te gustaba creer que eras rebeldemente desenfada, yo creo más bien que eras una trastornada. Para más tu manía persecutoria, fobias, celos desmesurados y adicción a las drogas hacían que tu existencia estuviera signada por la fatalidad, los abusos, los extremos… como si fueras uno de los personajes de William Burroughs. Tu vida fue digna de un cut up, difícil de entender en una lectura rápida.
Lo único que realmente me dio por culo, fue que a los dos nos gustara dormir en el mismo lado de la cama. No lo soportaba. Por ello tomé la decisión: quiero el divorcio.
Te buscaste un buen abogado que desplumara mi cuenta de sexador de pollos, y así pagara todos los destrozos mobiliarios que ocasionaba cada vez que me enteraba de un nuevo tatuado amante.
Desde entonces, te deseé lejos. Prefería echarte de menos que de más. Tu antojada vida me consumía y afligía.

     Hoy me pesa. Estás más lejos de lo que hubiera imaginado. A decir verdad todos los presentes, lo estamos. Siempre pensamos que una sobredosis acabaría con tu bulimia y drogadicción; nunca imaginamos que una jirafa lo hiciera. Eras la reina de la ironía, decías; parece que ella reinó en ti. Nunca te gustaron los animales, ni las ciencias, ni la cultura, y bastó un cabezazo contra la cabeza de la jirafa disecada del Museo de Ciencias Naturales para acabar con todo esto.

A pasar de todo, creo que nunca te dejé de querer.


miércoles, 13 de julio de 2011


Enfilados los pájaros,
en la cuerda de tender,      
revolotean mojados,
picotean calzones a prender,
pierden plumas a los patios.
Paracaidistas en picado.
Aves de corta alzada,
resuenan en las ventanas,
hablan de las mañanas,
del tiempo que pasa.
Saben de las viejas
que asoman por las ventanas,
y de las nietas
que nos las alcanzan.
En la roída cuerda,
cantando la melodía
del día a día…
pájaros paracaidistas.


[Como pajarillos, mis ideas/proyectos no paran de revolotear. Algunas, empiezan a alzar el vuelo; planeo…]


martes, 5 de julio de 2011

Ya.


Soy un viajero en el tiempo, procedente del futuro. Vendré a decirte dentro de tres minutos y doce segundos - cuando eyacule-  que es la primera vez que me va a pasar esto.



lunes, 4 de julio de 2011

El Grito


¡Bang!
¡Bang!
¡Bang!

Pasó la mayor parte de su vida matando el tiempo, a veces a cañonazos otras con periódicos enrollados. Su gusto por asesinar su tiempo- sin sentido- ocupó sus días loooongos y vacios. Aunque aquel día, al mirarse al espejo se percató de que el tiempo había disparado primero.

[Interpretación personal de El Grito- Edvard Munch]

miércoles, 29 de junio de 2011

Me sudaban las manos ríos desbordados. El machete se tornaba en mantequilla afilada. Debía propinar un corte seco, contundente. Sin embargo, el tintineo de mi nerviosismo hecho pánico colapsaba mi mano izquierda en un tembleque. Nunca me había visto en una igual, nunca me había dado cuenta lo mucho que apreciaba la existencia de el más insignificante poro de mi ser.  En ese momento de dispersión mental, icé mi brazo zurdo dejándolo caer en seco contra mi mano derecha. La cercenada mano quedó enredada entre el amasijo metálico de aquel accidente aéreo, que había sumergido la avioneta dejando atrapada esta mientras se inundaba la cabina. Lo borbotones de sangre se diluían en el agua de mar. Presa del vahído de mi amputación me sumergí tratando de encontrar la salida que me llevara a flote.

Tres horas después en aquel lugar en medio del Pacífico la calma del océano seguía su curso. Aquella avioneta quedó sumergida en su totalidad.

martes, 28 de junio de 2011

La guitarra & la mota


   Él era una guitarra… desafinada, ella una mota de polvo… minúscula. La cual pasaba desapercibida entre tanta maraña de pelusas que atestaban el cuarto donde permanecía aquella guitarra encerrada noche y día, esperando por su dueño. Este nunca volvió, dejó que las pelusas y el polvo carcomieran sus acordes. Ella fiel, se adhería a su barnizada madera, estirando lo que parecían dos finísimos bracitos para estrechar así a su juglar; consolarle en su tristeza. Sin embargo, aquel instrumento ni se inmutaba de la presencia de la pequeña minúscula mota, pues cientos de ellas asediaban su madera, su mástil, sus cuerdas…

Una mañana de domingo, la madre de aquel chaval- que nunca volvería- se armo con una mopa y un desmesurado valor mientras se mordía el arrepentimiento de entre los labios. No quería humedecer aquella habitación con más manojos desconsolados de dolor. Ya no volvería, tampoco el tiempo perdido.  
El quitapolvo, la mopa y el cepillo contuvieron las lágrimas a través de un impulso obsesivo de fanatismo por la limpieza. A cada gota de quitapolvo emitida, la diminuta mota se aferraba más y más a la madera.
Llegó a la guitarra, su corazón se encogió en un suspiro de recuerdos. Limpió precipitadamente el polvo caduco, que reposaba en ella, y cerró la habitación.

De nuevo aquella guitarra quedó abandonada, olvidada, esperando volver a ser tocada; con la extraña sensación de que su madera añoraba algo. No era el tacto áspero de aquel chico, era algo insignificante, quizá, algo minúsculo. Algo que incondicionalmente, durante aquel olvido, acompañó su espera. Algo que hasta ese instante no había llegado a apreciar1; la grandiosidad de aquel minúsculo detalle, en forma de mota, que sin saberlo le hizo dichoso.





1Su madera y betas no eran tan diferentes del conjunto de huesos y carne de aquella madre.


[Después de 10 meses coincidiendo cada día con gente estupenda, 2 despedidas emotivas-más las que están por venir-, 60 minutos de autobús de camino al trabajo tras más de 24 horas sin dormir… escribí esto en cuestión de 10 minutos frente a la máquina de café… con 1 sonrisa.]

domingo, 26 de junio de 2011

Frank


Cuando tenía diecisiete años, fue un fantástico año. Un año tras las chicas de aquella pequeña ciudad de comarca, noches suaves de verano, escondites entre las sombras de las farolas. Me solía dejar caer en algún sitio tranquilo y tras un trago o dos echaba todo a perder diciendo algo estúpido como “te quiero”.

Cuando tenía veintiún, fue un gran año. Un año tras las chicas de ciudad, edificios grandiosos, avenidas desdibujadas por el alcohol nocturno, taxis que llevaron a apartamentos varios, perfumados cuellos. Pensé en el apasionado amor, jugaba entre las estrellas  volando hasta la Luna. Llegué a ver cómo era la primavera en Júpiter y Marte.


Cuando tenía treinta y tres, fue un buen año. Un año tras mujeres talentosas, divinidad vestida de seda, lujo sobre ruedas, noches de vela en vela. Intercambiaba miradas con extrañas en la noche, preguntándome cuáles eran las posibilidades de que compartiéramos el amor antes de que la noche acabara, y si el amor estaba a una mirada de distancia.

Cuando tenía cuarenta y nueve, fue un correcto año. Un año tras jóvenes mujeres, desenfadas en busca de la voz de la experiencia, veladas pagadas y detalles ostentosos. Me hacían sentir joven, sentir que hay canciones que aún se cantan, campanas que suenan
Ahora, a mis sesenta -y algo- los días son tan cortos… estoy en el otoño de la vida, caduco. Pienso en mi vida como vino de la vendimia. Desde la madera del roble francés hasta el borde la última gota derramada en un paladar, así trascurrió mi vida.
He vivido una vida plena. Viaje por todos y cada uno de los caminos. Arrepentimientos, he tenido unos pocos, pero igualmente, muy pocos como para mencionarlos. Hice lo que debía hacer y lo hice sin exenciones. Mordí más de lo que podía masticar. He amado, he reído y llorado, tuve malas experiencias, me tocó perder. Y ahora, que las lágrimas ceden… sin timidez puedo decir que lo hice a mi manera.

Sin embargo, los años no fueron justos, es tan fácil recordar tu expresión dulce, la sonrisa que me brindabas, tu forma de mirarme. Tan fácil de recordar, tan difícil de olvidar.
Aún mi nariz me castiga con el aroma de tu piel, tu aliento, el perfume de tus cabellos. Quizá tu figura se torna difusa por un principio de cataratas, pero el olfato lo mantengo intacto.

Hoy despierto en una ciudad que nunca duerme, dónde llegué a ser el número uno, el rey de la colina en New York. Aún así, desde lo alto de esta ciudad eclipsada por los rascacielos, mi olfato se pierde tratando de encontrar tu rastro.
Desayuno cada mañana en esta terraza de una 32ª planta desde donde vislumbro los juguetones reflejos de las nubes en los cristales de los edificios. Me hacen recordar esas esperas mirando a un cielo veraniego clavando mi huesuda espalda a una parada de autobús, siempre solías llegar tarde. No importaba, tu morena sonrisa apaciguaba mi fiera.  
Te conocí con la llegada de una pubertad confusa, tus encantos ayudaron a confundir mis sentidos aún más; entre ensoñaciones en futuro perfecto y licores siempre risueños.
 Los granos empezaron a desaparecer de nuestros rostros, y nosotros mismos de nuestros juveniles rostros. De vez en vez coincidíamos en aquella comarca, casualidades de la vida. Tu aroma nunca te fallaba, mis manos siempre titubeaban.
Amistad entre reencuentros, vinos, recuerdos, camas compartidas, cartas enviadas, regalos a escondidas y notas olvidadas. Nunca supimos encontrar un término a la mitad de las cosas, solíamos bailar en lugar de andar, cantar en lugar de hablar. Parece que incluso el olvido se perdió entre nuestros caminos.  

Hoy cada efímero momento se muestra claro ante mí, y aunque me trae al arrepentimiento, sueño que tus manos aún me acarician, tus dedos me aprisionan. Robo sueños a las noches para tenerte de una vez. Qué rastrero resulta el hurto de sentimientos entre ensoñaciones, siendo yo todo un caballero.

Cogí un avión, para volar allá donde siempre quiso peinar sus canas, donde las sonrisas doran sus comisuras al sol, palpitan al son de samba y se endulzan con cachaÇa. Durante el viaje pensé qué decir, tras tantos años sembrados de silencios y frases inacabadas...
Angosto camino, tras el apartado tiberio de Abrão y el paso de  los años, me posiciona frente a unas verjas azuladas donde se esconde entre madreselva y enredaderas una pequeña casa en calmados blancos. A la sombra de un pernambuco me reencuentro con sus cabellos, canosos ya. Sin dudarlo entono: “Volemos juntos, despegar en el azul, una vez allí arriba donde el aire está enrarecido vamos a planear. Vuela conmigo. Todo de mí, por qué no tomas todo.” Gira su rostro, aún tan juvenil. Mirándome desconcertada -perdida en sí misma-  sus ojos delatan que sus recuerdos ya no habitan en ella. Ella ya no habita en ella, habita el olvido.



[48 minutos de tren &medio carboncillo& cascos sonando a Sinatra, son los culpables de este pequeño guiño a La Voz y a esos amores que se pierden entre la franja del espacio-tiempo]